postheadericon Como un viento helado - Fragmento

DRAMATIS PERSONAE
DANI
MARTA
ANA


ESCENA I

Es de noche. ANA, en la penumbra de una sala, ensaya un baile que tiene algo de obsesivo. Lleva puestos unos auriculares. Los movimientos son, al principio, lentos, monótonos; poco a poco se van haciendo cada vez más físicos. Oímos su respiración agitada. Las luces de la calle se filtran a través de los ventanales.
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DANI está recostado en la cama. Trata de hacer malabares con tres pelotas que tira al aíre… aguanta un buen rato. Al final se le caen.

DANI
Si lo hiciera con cuatro o cinco pelotas, en el alambre, entre dos rascacielos a más de cien metros de altura, y sin red… sería genial… Me podría ganar la vida… Las pelotas de la suerte, eso me dijo la tía que me las vendió. ¡Joder con la suerte! La mayoría de los días no sé qué hacer: ¿encender el ordenador y navegar sin sentido…? ¿Salir a buscar trabajo…? ¿Raparme el pelo? Por las mañanas suena el despertador. Me levanto como si tuviera que ir a algún sitio… y no, no tengo que ir a ningún sitio; llevo, así, demasiado tiempo… sin saber qué coño hacer con mi vida. Bueno, sí… poner un chiringuito pequeño en la playa de Bolonia. Y aprender a hacer malabares con cuatro pelotas lanzándolas al aíre. Eso estaría bien.
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MARTA se toma una cerveza en la azotea. Ráfagas de viento mueven la llama de unas velas que hay encendidas.

MARTA
El otro día vi un corto en el que un chico y una chica gritaban desde un puente, sonreían, parecían felices… y seguían gritando… De repente, él grita… ¡Te quiero! Ella se queda callada… seria… Al final lo importante es eso… Querer y que te quieran, ¿no?... ¡Cristina… te quierooooo!
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ANA
(Termina de bailar, se seca el sudor con una toalla. Está cansada.) Quise ser bailarina desde niña. Me gustaba caminar de puntillas por el pasillo de casa… Llegaba a la cocina y hacia un giro increíble. Cogía la taza y la cucharilla… y cerraba los ojos. Soñaba con que un día alguien diría… esa chica tiene algo especial… Sus manos… La forma de moverlas… Y yo, con suavidad, dejaba la taza sobre la mesa… sin hacer ruido, como si flotase… Nadie ha descubierto el misterio de mis manos… La verdad es que alguna vez, la taza se me cayó al suelo y se rompió.
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DANI
(Sigue en su cuarto. Lanza las pelotas a una papelera tratando de encestar.) La primera vez robé una bicicleta. Era el día de Reyes, y yo quería una bici, pero me trajeron una camisa amarilla de pana, varios calcetines… y un juego de mesa. Los vi en el parque. Iban con sus bicis nuevas… Saqué la navaja y me llevé la bici roja… El niño me miró llorando. Le grité marica y me fui… La bici era muy pequeña; no me cabían las piernas… Me jodió ver a ese niño llorando.
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MARTA sigue en la azotea. Enciende un cigarrillo con una de las velas.

MARTA
Siempre supe que era más fuerte que los demás… Me di cuenta de niña. Era como un don… Mi familia, mis compañeros de clase… Los miraba fijamente a los ojos y ya estaba. No me aguantaban la mirada. En el instituto casi no tenía amigos. Decían que era una chica rara, diferente, peligrosa… A mí, eso, me hacía gracia… Ser malota… Estuve en el psiquiatra varias veces. Me gustaba. Me hacía sentirme bien, importante. Eres «bipolar», me dijo. Y yo me eché a reír… Pero es verdad, a veces estoy hecha una mierda, y otras me lanzo y nada puede detenerme. Recuerdo a un chico muy tímido que no se atrevía ni a mirarme… Dibujaba muy bien… Un día me regaló una caricatura. Se llamaba Luis. Algunos decían que estaba enamorado de mí. Tenía cantidad de granitos en la frente. Otros decían que era marica. Un día le dije que me lo iba a tirar antes de las vacaciones de Navidad. Me miró acojonado.
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ANA
(Bebe agua de una botella.) Muchas veces he pensado en la muerte… sobre todo en la de mis padres… A veces me despertaba llorando. Cuando mi padre murió no quise verle. Me daba miedo… Olía a violetas, y hacía mucho calor… La gente me besaba y lloraban. Querían mucho a mi padre. Yo tenía catorce años. Mi madre estaba guapísima… pálida, triste… y me miraba… y me cogía de la mano… Esa fue mi primera muerte. No lloré. No podía… Luego, un día abrí el armario, y allí estaba su ropa… y su olor… y el sonido de sus palabras… Y me volví, de repente, para verle… Sabía que estaba en el pasillo, agachado y con los brazos estirados, llamándome… «Ana vas a ser la mejor bailarina del mundo…».
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DANI
(Se está lavando. Se moja el pelo.) Tobi murió de viejo… casi no podía andar. Nos miraba, tumbado en la vieja colchoneta. Era mezcla de galgo afgano y de coli. Me lo regalaron dentro en una caja de galletas… Era maravilloso verlo correr… Ningún otro perro podía alcanzarlo. Catorce años después era un perro viejo. Le costaba levantarse, y un día se quedó en su colchoneta, tumbado… y se meó encima… Tenía la mirada tan triste… Sabía lo que me estaba diciendo: que no podía más, que estaba cansado, y que quería marcharse… Sentí mucho la muerte de Tobi. Esa fue mi primera muerte. Tenía diecisiete años.
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Marta
(Camina, haciendo equilibrio, por el borde de la azotea.) ¿Muerte o susto?... Un tonto le dice a otro tonto, ¿qué prefieres, muerte o susto? Susto, responde el más tonto. ¡Uhhhh!, le asusta. Y el más tonto grita muy asustado. Pues haber elegido muerte, sentencia el más listo. Es un chiste idiota, pero a mí me hace gracia… Muerte, tiene dos sílabas… Susto, también… Dolor… Miedo… Asco… Cuento las sílabas de las palabras, las manchas de la pared, las baldosas, los pasos que hay de un sitio a otro… Noche, también tiene dos sílabas… La respiración de mi padre… Nueve sílabas… Padre… Dos. A veces parecía que iba a ahogarse… Yo quería que se ahogara de una puta vez… Recuerdo el sonido de la puerta de mi habitación al abrirse… Cinco pasos hasta mi cama… El olor a tabaco… Su respiración cada vez más agitada… El ruido de la cama… Quería morirme, solo eso, morirme… Tres sílabas… Mo-rir-me. Sus manos ásperas… Tres manchas pequeñas en el techo, al lado de la ventana… Una en el rincón… Huele a sudor… Quiero morirme… Tiene cinco sílabas… Hay seis pasos desde mi habitación hasta la puerta de la calle… Treinta y dos escalones hasta el último piso… Diez pasos desde el final de la escalera hasta la puerta de la azotea… Un día subí. Me sentía muy mal, y pensé que podía saltar… Los coches pasaban despacio… Una camioneta blanca... Un coche azul en doble fila… A lo mejor esa es la solución. No salté… claro. Mañana, quizá… Para mí solo existe una muerte, la de Cristina.
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ANA
(Termina de ponerse ropa para andar en bici. Un chubasquero de colores muy vivos. Se recoge el pelo y se pone un gorro de lana.) Me aterra la idea de morir vieja y sola, llena de manías, de tics... Imposible de aguantar, deseando que suene el teléfono, que alguien llame a la puerta. Esperando que ocurra algo que nunca ocurre… Mirando horas y horas por la ventana, como mi madre.
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MARTA
(Trata de mantener el equilibrio. Salta abriendo los brazos de par en par. Rueda por el suelo.) De niña jugaba a hacerme la muerta… Contenía la respiración. Mi padre me regañaba y se ponía nervioso. Me zarandeaba, mientras gritaba como un loco… «Respira… Respira coño…». Que se joda, pensaba yo… Y trataba de aguantar un poco más la respiración.
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ANA
(Se pone unos guantes.) Morirme con gente a mí alrededor… amigos… alguien que me coja de la mano… En un escenario, bailando… Eso sería increíble. Sola, no.

Sale de casa con la bici.
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MARTA
(Acurrucada en la azotea.) Sé que moriré joven. Y me parece bien. En realidad, ya debería estar muerta.

Se incorpora y sale de la azotea.
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