postheadericon El Eunuco - Fragmento

PERSONAJES

Thais
Filipa
Parmenón
Fedrias
Pánfila
Pelotus
Lindus
Fanfa
Cilindro


ESCENA I
THAIS

THAIS
(Al público.) Me siento inquieta. Y descolocada. Desde que cumplí los 50 que me siento como si estuviera al descubierto. Me puede el desconcierto. Porque me miro al espejo y veo… como que las cosas ya no están en su sitio, no sé, que no paran quietas, que están en continuo movimiento. Que el pómulo quiere irse al moflete, el moflete a la papada, la papada al pecho y el pecho al riñón. Y el panorama me intranquiliza. Y pensar en el futuro, me altera. Porque pienso, por todos los dioses, ¿hasta dónde puede llegar a descolgarse todo esto? Y que no estoy acostumbrada. Porque yo, hasta hace bien poco, mientras lo tuve todo en su sitio, decidía mis cosas, controlaba mi vida, y, por encima de todo, no me enamoraba. Nunca. De nadie. Y era admirada por todas mis compañeras de promoción, también profesionales del sexo todas ellas. Porque poseía las cualidades indispensables que toda mujer que se dedica a mi oficio requiere, desea y envidia. A saber: mi prestigio amatorio, mi imperturbable frialdad, y mi buen gusto para los clientes. Yo, antes, me venía un gordo y lo echaba. Y me venía un viejo, y lo echaba. Yo, antes, tenían que ser jóvenes y guapos y ricos. Y con una melena hasta el culo. Y, si no, ¡fuera, a la calle! Y si me venía uno joven y guapo y con melenón, pero sin una dracma… ¡Lo echaba! A ver, lo echaba… Lo echaba o me daba un capricho, un pequeño homenaje. Lo justo. Y si me apetecía. Que, normalmente, no me apetecía. Que, a mí, lo que es el pobre melenudo, nunca… Lo veo incompleto. Le falta… bueno, pues eso, dinero. Y que una melena bonita, pero sin dinero, es como llevar peluca, no sé si me explico. No gusta. A mí, no. La pobreza no me llama. Me intranquiliza. Me altera mucho, la pobreza. No es para mí. Y, por otro lado, el rico, rico, rico, pero nada más… Yo, aunque sea rico, si es muy feo, por joven que sea, lo que es el feo rotundo, el feo sin contemplaciones, el feo de nacimiento, tampoco… Me deja vacía. Me deja hueca. El problema es que ahora, claro, con 50 y los pechos saludando a los tobillos, me he dado cuenta de que… ¿Sabéis la sensación de que te has vuelto invisible, de que no te ve nadie? Pues no es una sensación. Y, justamente por eso, me he visto obligada a bajar el listón. Y, este último año, he tenido clientes seniles, seniles, seniles. Que da una vergüenza… Que hay días que, según como respiran, te dices: «¿Este jadea o es que se está muriendo?». Y, para mí, que han traspasado todos. Porque no ha vuelto ninguno. Ha bajado la calidad. Y la cantidad. Ahora mismo estoy con dos. Dos, ¿eh? No tres ni treinta y tres. Dos. Y gracias. Porque a cual peor. El primero, Fanfa el generalete. Un militar gordo, impotente, que no se le levanta, que ni se le mueve. Que aún gracias. Porque, mira, por cuatro abrazos tontos me lo paga todo, me colma de regalos y me corta el césped. Pero es celoso. Y se ha empeñado en que me quiere solo para él. Y el otro es Fedrias. Que a este lo conocí hace poco, mientras el generalete estaba con sus campamentos y sus guerras. También celoso. Joven, joven, joven. Y bueno, bueno, bueno. Casi tonto. Y más pobre que un ratón. Que yo, en condiciones normales, ya os he dicho que pobres, no. Pero, claro, cuando te has vuelto invisible y te llega algo así, mínimamente potable… pues lo que antes era que no… pues ahora es que sí. Y, de repente, me encuentro con que Fanfa vuelve y se entera de que estoy con Fedrias. Y Fedrias se entera de que ha vuelto Fanfa. Y ya me tienes a mí con las carnes flojas y aguantando el chaparrón. Porque se han puesto los dos… Pero, claro, yo, el uno sin el otro. Que lo que me da uno no me lo da el otro. Y lo que el otro me da… pues el uno no me llega. Ah, y, para acabarlo de arreglar, el generalete me viene con regalo, me viene con Pánfila. Que a esta… hay que darle de comer aparte. Fanfa no lo sabe, pero yo a Pánfila la conozco desde hace tiempo. Y desde hace tiempo que no la soporto, que la detesto. Ella de mí ni se acuerda, pero yo de ella… sí. A ver cómo os lo cuento… Pánfila, de pequeña, vivía aquí, en Ática. En un descuido, la robaron unos piratas, que se la vendieron a un mercader, que se la vendió a mi madre. En Rodas. Que nosotros, entonces, vivíamos en Rodas. Y la muy bruja —Pánfila, no mi madre—, ya de niña muy niña, con su falsa dulzura y sus dotes para tocar la lira y tocar los…, la engatusó. Y me eclipsó. Porque ya entonces era mala, la niña. Y a ella, que era la esclava, mi madre la trataba como a una hija. Y a mí, la hija, ¡trato de esclava! Total, que, en cuanto pude, me largué, me instalé aquí, y empecé mi fulgurante carrera de… pues ya sabéis de qué. Pasados los años, la niña creció y mi madre murió. Entonces, mi tío, que tampoco tragaba a la niña, cogió a la niña, que ya no era tan niña, y la vendió. Y, claro, como nadie la aguanta, porque, además de mala, y de pasarse todo el día tocando la lira y tocando los…, es un loro que no calla… pues ha ido pasando de mano en mano hasta que, casualidades de la vida, Fanfa, que, ya os digo, de esto no sabe nada, me la compró. Para mí. Pero ahora no me la quiere dar. Porque como se ha enterado de que estoy con Fedrias… pues dice que, hasta que no deje a Fedrias, que de la niña ni hablar. «Y para qué la quieres, estaréis pensando, si es tan mala y tan loro y tan bruja?». Pues es que resulta que me he enterado de que su hermano Cilindro —que así se llama el hermano, tiene delito—, pues me he enterado de que aún vive aquí. Y yo he pensado «tate, le devuelvo a la petarda y, a cambio, que me pague un buen dinero». Que digo yo que algo dará. Porque por muy petarda que sea… pues es su hermana.Y aquí me tenéis, con mis crisis personales, los celos del uno, los celos del otro, e intentando que me den algo por el loro. Vaya día movidito me espera. Pero, bueno, venga, va, no os hago esperar más. Podemos empezar.

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