postheadericon El príncipe de Maquiavelo - Fragmento

DRAMATIS PERSONAE
EL HOMBRE

Oscuridad. Y lentamente, una ciudad. No sabemos si una ciudad del pasado o del futuro, pero nunca del presente. Y un poderoso gabinete en esa ciudad atemporal. Y un hombre impecablemente vestido. Y un espejo. Su imagen, reflejada en él, escucha atenta su historia, mezcla de tiempos vividos y de ambición. Una noche. Una noche más.

EL HOMBRE
(Off.) La mayoría de las veces, los que quieren alcanzar el favor de un príncipe tienen la costumbre de ofrecerle lo más preciado que ellos poseen: caballos, armas, bellas vestimentas, piedras preciosas u otros objetos dignos de su estado. Queriendo ofrecer yo mismo a vuestra señoría algún testimonio de mi más absoluto respeto, no he hallado entre mis propiedades nada que me resulte más querido que el conocimiento de la conducta de los grandes hombres, aprendida tras meditar con esmero las vicisitudes políticas de la historia y de nuestra época. Y aunque considere estas palabras indignas de vuestra atención, espero, sin embargo, que por vuestro conocido deseo de cultura las apreciéis, ya que no puedo hacer mayor regalo que daros la capacidad de poder comprender, en breve tiempo, todo lo que yo he aprendido gracias a tantos años de extremas dificultades y manifiestos peligros. No voy a vestir estos consejos con frases pomposas, o cualquier otro ornamento con que muchos tienen la costumbre de engalanar su mensaje. No. He querido que mis conclusiones no tengan más adorno que la variedad de la materia y la gravedad del asunto. Tampoco desearía yo que se considere presunción que un hombre de baja, ínfima posición, se atreva a debatir acerca de los gobiernos de los príncipes. Y es que, al igual que los cartógrafos que elaboran los mapas se sitúan en la llanura para apreciar con claridad los contornos de los montes y de los lugares elevados, para más tarde ascender a ellos y poder apreciar la naturaleza de los enclaves más bajos, sucede lo propio en los asuntos de gobierno: si para conocer la naturaleza de los pueblos es preciso ser príncipe, para conocer la de los príncipes hay que formar necesariamente parte del pueblo.

EL HOMBRE se acerca a una grabadora que reposa sobre la mesa de despacho. Debe seguir grabando, debe hacerlo, una vez más.

EL HOMBRE
Acepte por lo tanto vuestra señoría este humilde presente con el mismo ánimo con el que yo se lo ofrezco. Y si acaso, tras mis palabras, y desde la cima de vuestra posición, os dignáis a bajar la mirada hacia el humillante lugar en que me hallo, descubriréis también lo injustamente que estoy sufriendo los efectos de una continuada e inmerecida desgracia…

EL HOMBRE no parece satisfecho con estas últimas frases. No lo está. Decide repetirlo y callar lo que aún no debe ser dicho.

EL HOMBRE
… Acepte por lo tanto vuestra señoría este humilde presente con el mismo ánimo con el que yo se lo ofrezco.

EL HOMBRE saca la cinta de la grabadora y escribe en ella.

EL HOMBRE
«Iunori Salute».

EL HOMBRE, cuidadoso, meticuloso, coge otra cinta y escribe en ella.

EL HOMBRE
«De principatibus».

EL HOMBRE mete esta nueva cinta en la grabadora. Y graba, quiere seguir grabando. Desea ayudarnos a entender. Nos va a ayudar. Nos ayuda.

EL HOMBRE
Señores y señoras… La historia es un precioso y preciso manual de instrucciones, de cómo actuar, de cómo gobernar. Los seres humanos han tenido siempre las mismas pasiones y se han comportado siempre de la misma manera. Quien quiera ver lo que será, considere lo que ha sido, porque todos los asuntos del presente tienen su correspondencia en los tiempos pasados.

El gabinete nos descubre sus interminables estanterías repletas de libros. Libros, libros antiguos y nuevos, bellos y terribles, escritos y aún por escribir. Libros, sí, libros que llegan al cielo y hunden sus raíces en la tierra. Y en el techo una gran lámpara de cristal.


EL HOMBRE
Las distintas clases de gobierno aparecieron por azar, porque, en el principio del mundo, siendo pocos los habitantes, vivieron por algún tiempo dispersos, semejantes a las fieras. Luego, al multiplicarse, se reunieron, y, para poder defenderse mejor, comenzaron a buscar entre ellos al más fuerte y de mayor coraje, le hicieron su jefe y le prestaron obediencia. Aquí tuvo su origen el conocimiento de las cosas honestas y buenas y de su diferencia de las perniciosas y malas, se crearon las leyes y se ordenaron castigos para quienes las contraviniesen… «El origen de la justicia». Como consecuencia de todo lo expuesto, cuando tenían que elegir a un príncipe ya no iban directamente al de mejores dotes físicas, sino al que fuese más prudente y más justo. «Los que mandan y los que obedecen» algunos de buen grado y otros contra su voluntad… Desde este surgir de los tiempos ha habido dos vías para ascender a la responsabilidad de gobierno: o por sucesión hereditaria, o por méritos propios, sean estos de la índole que sean. Dejemos a un lado los Estados hereditarios, ya que son menos dificultosos de mantener y centrémonos en los Estados de nueva cuña…

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