postheadericon ¡breve, breve! ¡brevísimo! - Fragmento

DANZA PARA VIOLÍN Y REVÓLVER

DRAMATIS PERSONAE
LUISA

Habitación confortable y ordenada, con cierto aire burgués. En el centro, una mesa camilla y dos sillones de oreja; en uno de ellos, LUISA, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, algo desarreglada, cansada, enferma. Poca luz, la que penetra por los visillos del mirador, y algún aplique de pared. En el magnetofón se escucha la «Partita nº 2 in D minor» para violín, de Johann Sebastian Bach.

Acceso de tos, pañuelo, jarabe, gotas... Llaman a la puerta.

LUISA.—Sí. Sí. ¿Quién es?

Mientras se incorpora lentamente, vuelven a llamar.

LUISA.—Sí. Sí. Ya voy.

Se apaga la luz.

LUISA.—¡Vaya por Dios! ¿Qué pasará ahora?

Insisten en la llamada.

LUISA.—Un momento, un momento. (Para sí.) Mira también que la oportunidad... (Alzando la voz.) Un momento, que se ha ido la luz.

Tropieza con el revistero.

LUISA.—¡Ay! Leche con... No hay forma de que estén las cosas en su sitio.

Al abrir la puerta, entra luz de luna desde el rellano de la escalera; algo menos que la que ilumina por el balcón.

LUISA.—¡Ah! ¿Es usted? Vaya por Dios. No, no le esperaba. Claro, recibió mi llamada. Qué cabeza la mía, me olvidé por completo. No tenía que haber venido. Cuánto lo siento, cuánto siento haberle hecho venir. Ha sido un fallo imperdonable. Tenía que haberle avisado. Fue un mal momento, ya sabe. No es que llamara por llamar, no; pero, gracias a Dios, ya estoy muchísimo mejor. Y no es que me encuentre bien del todo, estoy algo indispuesta todavía; natural. Pero vamos, bien.

Indecisión. Hace una pausa con la esperanza de que la visita se despida, pero no ocurre así.

LUISA.—Bueno, no sé. También hay que ver la fatalidad. Créame que lo siento; siento mucho haberle molestado, lo siento realmente. No sé qué puedo hacer. En fin, si volviera a necesitarle... La verdad es que me precipité. De todos modos, supongo que no será la primera vez que le ocurre una cosa así. Y no es que quiera restarle importancia, no, no es eso. Bueno, espero que lo entienda. Y repito: le llamaré, le llamaré si fuera necesario.

Pausa incómoda. Ruidos lejanos de tormenta.

LUISA.—Si quiere pasar... Ya le digo que no hace falta, pero si quiere pasar y descansar un rato... Está todo revuelto, y por si fuera poco, el fastidio del apagón; pero puede pasar y hacerme un poco de compañía mientras vuelve mi hijo.

El VISITANTE entra en la habitación y ella cierra la puerta.

LUISA.—Pase, venga. No sé qué habrá pasado con la luz, debe ser general. Venga y siéntese aquí, aquí en la butaca estará más cómodo.

Tropieza el VISITANTE con el revistero con el que antes tropezó LUISA.

LUISA.—¡Cuidado! ¡Vaya por Dios! Perdone el desorden, pero es­tos días no estaba para nada y anda todo manga por hombro. Por aquí, venga por aquí. Hay que ver también la oportunidad. Siéntese aquí. Espe­re, voy a quitar esto de en medio. Tanto trasto... Es el revistero, lo traji­mos de Roma; antes tropecé yo también. No sé para qué tanto estorbo, luego las revistas andan siempre tiradas por ahí... Pero, ya sabe, la manía de los recuerdos; se van comprando cosas... Bueno, perdone, no le he ofrecido nada, ¿le apetece tomar algo? No sé qué tendré, pero algo habrá por ahí... Por más que... ¡Qué barbaridad!, qué torpe soy, ¿cómo no se me habrá ocurrido antes? Le tengo a oscuras cuando… Verá, para mí que debo tener una vela por un cajón de estos.

Revuelve en los cajones del aparador.

LUISA.—Pues hacía tiempo que no había apagones; no sé qué habrá podido ocurrir.

Gran relámpago.

LUISA.—Santa Bárbara bendita que en el cielo estás... (Masculla la oración.)

Trueno seco.

LUISA.—¡Vaya por Dios!, lo que nos faltaba, pues sí que está la noche... Claro, eso habrá sido. Seguro, es cosa de la tormenta. A mí no es que me impresionen, pero vamos, tampoco es que me hagan gracia. No comprendo cómo puede haber a quien le gusten. Aquí está, ¿ve?, sabía yo que tenía un cabo de vela aquí en el aparador. Y sin embargo, mire usted por dónde, a mi marido, Dios lo tenga en su Gloria, a mi marido le gustaban. Fue algo que nunca entendí; tantas cosas no entendía… Pero le gustaban. Figúrese: le gustaban las tormentas. ¡Qué hombre! Parece que lo estoy viendo. Y había que verlo: se ponía como loco; cuando había tormenta, se ponía a cantar... ¡Y cómo cantaba! ¡Santo cielo! A voz en grito, como si quisiera echarle un pulso a los truenos. Siempre pensé que esos desvaríos eran cosas de la guerra; afición a la muerte y a la pólvora, ya sabe. Él sirvió de alférez de complemento en artillería; estuvo en el frente de Guadalajara. Lo que no encuentro son las cerillas. ¿Lleva usted fuego? (Pausa.) El caso es que debo tener una caja por aquí. No, deje, deje, espere, ya tengo yo.

Prende la vela y, casi simultáneamente, vuelve la luz.

LUISA.—Esto sí que es bueno, pues ni aposta, qué barbaridad, nunca me había pasado una cosa así. Qué coincidencia, las cosas que pasan. Esto me recuerda un verano en Lanjarón, en el Balneario. ¿Conoce el Balneario? Pues una noche...

Le da un repeluzno y estornuda.


LUISA.—¡Vaya por Dios! He debido de coger frío. Claro, estaba amodorrada, estaba ahí con la manta y al levantarme... al abrir la puerta... Sí, eso ha debido ser. Bueno, y que la estufa no calienta demasiado; como ayuda no está mal, pero cuando quitan la calefacción, se pasa francamente mal. La manía de encenderla y apagarla a fecha fija; debería ser según el tiempo que hiciera, pero no: de tal a tal día; y da lo mismo que te achicharres o te hieles, como a ellos les da igual... Dicen que es por la contrata. Y ahora no importa tanto, porque ya hace tiempo que no toco, pero cuando estaba en la orquesta, tenía la obsesión de que se me helaban los dedos. Hasta lo soñaba: soñaba que se me congelaban y no podía tocar. Siempre me obsesionaron las manos, especialmente la izquierda. Cuando trajinaba en la cocina, qué angustia, siempre pensando en que podía accidentarme los dedos. (Mirándose las manos.) Y es lógico, han sido años y años almacenando aquí todo lo que soy: agilidad, velocidad, precisión... Han sido... Bueno, toda la vida trabajando para la música. (Suspirando.) Mal oficio. Si volviera a nacer... Si volviera a nacer, volvería a hacer lo mismo; es muy ingrato, pero haría lo mismo. Le estoy aburriendo: hablo hablo hablo... Voy a sentarme yo también un rato, creo que me estoy esforzando demasiado.

Se sienta lentamente en el otro sillón y se cubre las piernas con una manta de viaje.

LUISA.—No, no es que esté mal, pero a veces me fatigo. La verdad es que estoy hecha una calamidad: artrosis, diabetes, la úlcera, la boca que la tengo fatal... una ruina. Pero qué quiere, aquí, aguantando.

Queda un momento escuchando la música.
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