postheadericon Las heridas del viento - Fragmento

DRAMATIS PERSONAE

DAVID
JUAN

La acción tiene lugar en diferentes espacios y tiempos



ESCENA I

(Casa David)

DAVID
Empecé a conocer a mi padre el día en que murió. Un poco tarde, ¿verdad? ¿O quizá era el momento adecuado? Mi padre siempre fue muy amigo de los refranes. Le gustaba especialmente ese de «Nunca es tarde si la dicha es buena». Bien, por una sola vez, tuve que darle la razón: Papá, mereció la pena esperar tanto... Mi padre, además de refranero, era un hombre muy metódico: un sitio para cada cosa y una cosa para cada sitio. La familia, por supuesto, no se libró de ese implacable orden. Yo siempre fui el pequeño, el que iba detrás del segundo que a su vez se situaba detrás del primero. Perfecto. El lugar que ocupaba mi madre nunca lo tuve tan claro. Y me temo que ella tampoco… Puede que ahora que mi padre reposa a su lado tengan tiempo de hablar un poco… Y es que la falta de comunicación ha sido siempre otra de las constantes familiares. Nunca hablábamos de este tema. Ni de aquel. Ni de otros muchos. Nunca hablábamos de nada que no fuera perfectamente trivial y perecedero. Perfectamente civilizado… Por eso, cuando mis dos hermanos delegaron en mí el reparto de la herencia paterna, la tarea, más que desagradarme, me imbuyó de una secreta esperanza. Quizá entre los recuerdos de mi padre pudiera encontrar algo, un dato perdido, una nota olvidada, un recorte mal clasificado que me hiciera sospechar por un instante que debajo de aquel carácter imperturbable existía un ser humano con dudas, fantasías, temores… ¿amor?

DAVID coge el teléfono. Después, saca un cigarrillo.

DAVID
(Habla con un supuesto interlocutor.) Bien, bien… Aquí. Me gustaría decir poniendo en orden las cosas de papá, pero eso es imposible. Más bien son ellas las que me ponen en orden a mí. Jamás he visto nada tan meticulosa y aburridamente organizado.

DAVID le da una calada al cigarrillo.

DAVID
No, no estoy fumando, ya sabes que lo he dejado… Oye, ¿tú sabías que tiene todos los sellos editados en Guinea del año 67 al 98? (...) ¡Y yo qué sé por qué Guinea! Supongo que, como fue colonia y él siempre tuvo ese ramalazo imperialista. (...) Sí, fotos hay muchas. Cada una con una nota manuscrita en la que se puede leer el lugar donde fue tomada, el día, la hora y creo que hasta el nivel de humedad ambiental… (...) ¡Manuel, claro que el nivel de humedad no viene! (Al público.) Olvidé decirles que mi hermano Manuel salió a mi padre. Quizá por eso de ser el primogénito. (De nuevo al auricular.) Sí, ahora me voy a meter con la correspondencia. Luego te llamo.

DAVID cuelga, da una última calada al cigarrillo y lo apaga.

DAVID
(Por el cigarro, al público.) No se lo digan a nadie, ¿de acuerdo? La cartas de mi padre, como no podía ser de otra manera, estaban milimétricamente clasificadas, como el reluciente directorio de un gran almacén: felicitaciones, primer piso; compromisos sociales, planta sótano. Nada que merezca ser destacado. Era lo último que me quedaba por repasar… ¿O no?

Descubrimos una caja.

DAVID
No sé cómo no me había fijado antes en aquella caja... De unos treinta centímetros de ancho, veinte de fondo, cuarenta de alto. Metálica. De color negro. Con un candado. ¿Por qué nos fascinarán tanto los objetos puestos bajo llave? Recuerdo una vez, no tendría yo más de seis o siete años, que vi a papá guardar algo. En aquella ocasión el continente no era una caja metálica, sino su gran escritorio de madera de sándalo. Papá guardó dentro, con celo, unos caramelos que algún familiar nos había enviado desde alguna provincia que ahora no recuerdo. Mi curiosidad y apetito infantiles no repararon en sándalos, cerraduras o procedencias y aquellos caramelos, que por cierto, estaban como una verdadera piedra, acabaron en mi poder. Mi padre descubrió el hurto y organizó tal cacería doméstica para encontrarlos que cualquier expedición africana hubiera palidecido humillada. Y los encontró. Vaya si los encontró... No los caramelos que, aterrorizado, tragué uno tras otro, con la consiguiente indigestión. Pero sí los delatores envoltorios que estaban desparramados debajo de mi cama. Mi padre fue severo al encontrarlos. Me llevó al despacho y delante, cómo no, de su carísimo escritorio de sándalo, golpeó mi trasero. Un golpe por cada caramelo. Y uno de propina por… No recuerdo por qué. Porque le dio la gana, supongo. La violencia nunca ha necesitado argumentos. Y ahora estaba aquí, delante de mí, una nueva ocasión de desafiar a mi padre, de penetrar en sus secretos. Y esta vez los azotes en el culo no le iban a servir de mucho… En el interior de la caja había amontonadas, sin orden ni concierto, al menos treinta o cuarenta cartas, algunas de ellas rotas y vueltas a pegar con mimo, como si el receptor de aquellas misivas hubiera pasado por diferentes estados de ánimo después de leerlas… ¿Por qué aquellas cartas no se encontraban clasificadas entre las anteriores? ¿Por qué mi padre les había conferido el rango de «especiales» como a aquellos provincianos caramelos y las guardaba bajo llave? Ningún remitente. Pero el destinatario siempre escrito con la misma letra: firme, rotunda, satisfecha de conocerse, segura de sus capacidades ¿Quién sería aquel anónimo interlocutor capaz de desencadenar en él un registro de sentimientos tan alejados de lo cotidiano? Para que les quede claro, mi padre era la típica persona que si rompía algo era porque quería romperlo. Nunca, me oyen, nunca se equivocaba. (Mira el sobre roto y vuelto a pegar.) O eso creía yo...