postheadericon Los amores diversos - Fragmento

DRAMATIS PERSONAE

ARIADNA


Una habitación. El estudio de alguien que debía de pasar largas horas allí. Todo está colocado en un ordenado desorden. Un caos necesario e indescifrable. En definitiva, un laberinto cotidiano que, además, se ve entorpecido por unos cuantos libros y cuadernos esparcidos arbitrariamente por el suelo de la habitación. Entra, móvil en mano, ARIADNA.

ARIADNA
¿A las siete? ¿Seguro? No sé, Bea, yo creo que estáis exagerando. A mí me parece que las siete es…

Tropieza con uno de los libros que están en el suelo y súbitamente enmudece. Hace ademán de inclinarse a recogerlo… Pero se detiene antes.

Sí… Sí, sigo aquí. Es solo que… Nada, que se me ha hecho raro entrar en su estudio… Ya. Habrá que acostumbrarse… Sí, claro. Acostumbrarse…

¿De verdad no te parece que las siete es demasiado pronto? El entierro no es hasta las diez… ¿Pero tú le has dicho a mamá que…? Ya, eso también lo sé. A cabezota no la gana nadie. Bueno, sí, la ganaba él… ¿Cuáles?… No sé dónde están, Bea… Venga, vale, los busco, pero no te prometo que… ¿Los favoritos de quién? (Irónica.) ¿De papá? Por favor, Bea, pero si papá no se fijó nunca en qué pendientes llevaba mamá. No, si yo no digo eso, yo solo digo que… Bueno, vale, los busco.

No, no te preocupes, me venía bien tener la excusa de preparar el texto para salir un rato de allí, no lo aguantaba más…

¿Sigue habiendo mucha gente?... ¿Tanta? ¿A estas horas?... De verdad, la gente lo que se aburre, Bea. Cómo gusta en este país un velatorio… No digas bobadas. Qué lo iban a querer… Pero si papá era la persona menos social que he conocido nunca… Sí, claro, sí, amigos tenía, pero tampoco muchos. Vamos, que para un velatorio no te llegan. Te dan como para un tercio de velatorio, como mucho… Que sí, dile que la estoy oyendo y que se tranquilice, que yo busco sus pendientes. ¿Cómo has dicho que son?... Bueno, Bea, si puedes, inténtalo de nuevo, le vendría bien dormir un poco… Ya, ya lo sé. Hasta ahora… Sí. Un beso… Chao.

Cuelga. Rodeada de libros —libros en el suelo, libros en las sillas, libros en las estanterías— se deja caer entre ellos.

Tiene que estar aquí.

Dime que sí.
Necesito saber que la respuesta que busco está aquí, papá. Que el porqué de tu mensaje está escondido aquí, entre tus libros, en alguna parte. Tu jodido mensaje…

Te conozco. Y sé que me habrás dejado alguna pista. Que no te habrás conformado con irte sin antes contármelo. O, por lo menos, sugerírmelo. No sé dónde está, pero pienso encontrarla. Tengo toda la noche. Toda la maldita noche para dar con algo que me explique por qué lo hiciste. O por qué dejaste que pasara…

Maldita sea, papá. No esperaba que me fueras a doler tanto, ¿sabes? Pensaba que me ibas a doler lo normal, si es que hay una medida de lo normal también en esto. Y sí, claro que sí que la tiene que haber. Hay una jodida medida de lo normal para todo… Una medida que tú tenías que romper también ahora. En el último instante. Porque tú no te podías morir de nada esperable. Tú no podías dejarnos intuir que te acabarías yendo para que tuviéramos tiempo de despedirnos. No. Tú tenías que irte así. De repente. En medio de una ambigüedad que destrozará a mamá durante los años que le queden. O no. Claro que no. Porque puede que ella sea capaz de seguir con su autoengaño habitual. Tal vez solo deba incrementar la dosis… Quiere llevar mañana tus pendientes favoritos. Tiene gracia, ¿no? Todavía piensa que la mirabas como ella cree que la mirabas. Todavía piensa que había algo de ella, aunque solo fueran unos putos pendientes, que te gustaba.
AddThis Social Bookmark Button