postheadericon Papá es Peter Pan y lo tengo que matar - Fragmento

DRAMATIS PERSONAE
CÉSAR
CAROL (voz)

La obra está desarrollada en tres planos. Uno «presente», donde vemos el reencuentro entre BEA y DIEGO, otro «entrevistas» donde confiesan sus sentimientos y pensamientos y otro «hechos» donde vemos los momentos más destacables de la relación.

ACTO ÚNICO

Oscuridad. La acción se desarrolla en la casa, recién desvalijada, de CÉSAR. Aunque debió de ser una residencia de nivel alto, lujosa y a la última en muchos aspectos, ahora lo único que queda son algunas cajas de cartón abandonadas por los ladrones, una especie de taburete de mal gusto y, encima de él, un cuadro. Un cuadro espantoso. Representa un arlequín horrendo trabajado —por decir algo— en tonos verdes y amarillos, cuya sola visión invita al suicidio. Unas braguitas rojas de encaje cuelgan de una esquina del cuadro. En el centro de la sala, hay una botella de un buen champagne, casi vacía. A lo largo de todo el escenario, hay ropa de hombre tirada por el suelo.

La luz sube de intensidad y comienza a sonar «Hit the road Jack» de Ray Charles. De pronto, sale a escena CÉSAR. Se trata de un hombre de unos cincuenta años, maduro, interesante, atractivo, con encanto, fuerte, seguro de sí mismo... Actúa como un triunfador; alguien acostumbrado a controlar las situaciones y que nunca deja que estas le controlen a él. Cuando CÉSAR entra en el salón, aún sigue medio dormido. Se acaba de despertar y tiene resaca. Lleva un albornoz o una bata, y se rasca la cabeza —va despeinado— mientras bosteza, con los ojillos medio cerrados. CÉSAR se da cuenta de que algo no encaja. Se gira y, por fin, comprende que la casa está vacía. Mira hacia un lado, después hacia otro. Saca unas gafitas del bolsillo de la bata y se las pone. Retrocede unos pasos, mirando ahora con las gafas. Busca, por la estancia, indicios de lo que ha podido ocurrir. Se acerca corriendo hasta la botella del suelo y la recoge. Huele el morro. Hace un gesto de asco. Recorre con su mirada la sala. Se cruza de brazos. Lanza un silbido. CÉSAR rebusca en el bolsillo de su bata y saca un móvil de última generación. Marca. Se coloca un pinganillo. Espera tono. Lentamente, deja de sonar la canción.

Y así, comienza la acción.

CÉSAR
Buenos días. Quiero denunciar un robo... (Le interrumpen. Pausa.) Sí, le llamo porque me han robado. Me han robado todo lo que tengo. Lo que tenía. Me han robado el televisor, me han robado el aparato de Blu-ray —era de última generación, muy caro: un Blu-ray inteligente...— pues me lo han robado. (Pausa.) Señorita, era inteligente, pero no tanto como para evitar que lo robasen. (Pausa.) Se lo han llevado todo. El sofá, las sillas, las lámparas, las cortinas, los cuadros, algunos de ellos de gran valor, (Mirando al arlequín.) otros no valían un céntimo, pero independientemente de su precio de mercado, no dejaban de tener cierto valor sentimental para mí... Y me los han robado. ¡Me lo han robado todo! (Pausa.) ¿Cómo que dónde? Pues en mi casa, señorita, ¿dónde va a ser si no? ¿Cómo voy a ir yo por la calle con el Blu-ray inteligente y con las cortinas y con el sofá y con las sillas y con los cuadros? Estaba en mi casa, el lugar donde debería sentirme a salvo, el lugar donde estaba el Blu-ray inteligente. Y me lo han robado. ¡Me han dejado sin nada! Todos los objetos que me definían como ser humano han desaparecido. (Pausa.) Sí, señorita, yo me sentía perfectamente definido por mi Blu-ray inteligente. ¿Le parece extraño? (Pausa.) No soy un obseso del control, señorita. Soy un obseso de que no me roben. (Pausa. Seco.) ¿Quién qué, señorita? ¿Quién qué? (Pausa.) ¡Ah! Quién me lo ha robado... ¿Un sospechoso...? (Pausa.) No necesito un sospechoso. Sé exactamente quién ha sido. (Pausa.) Una puta. (Pausa.) No, no es una apreciación personal, es la profesión de la señorita que me ha desvalijado la casa. (Pausa.) Puta es su profesión; lo de ladrona debe de ser una actividad al margen, algo con lo que sacarse un dinero extra. (Pausa.) No, una puta cualquiera, no; una puta a la que yo traje anoche a mi casa, a la que abrí las puertas de mi hogar de par en par, a la que abrí mi mueble bar, que, por cierto, me lo vació... Lo que me parece de muy mal gusto. (Pausa.) No le vacías el mueble bar a un hombre al que estás pensando en robar. Apúntale con una pistola o amenázale con un cuchillo, pero no te bebas su whisky, coño. Que, en este momento, me vendría muy bien. (Pausa.) Pero bueno, una puta a la que yo dejé sentarse en mi sofá, a la que dejé tumbarse en mi cama, a la que dejé ducharse... Me preguntó: «¿Me puedo duchar?». Y yo le dije que sí. Lo vi lógico. Pensé que seguramente habría estado con algún otro señor y se quería lavar. Una puta limpia. Lo agradecí. (Pausa.) Mientras me desvalijaba la casa, yo dormía. (Pausa.) Es que la puta me drogó. (Pausa.) No la estoy insultando, le repito que me refiero a ella por su epígrafe profesional. (Pausa.) Me envenenó echándole algo al champagne. Yo puse el champagne, y ella, el narcótico. Nos complementamos. Tengo la botella. Puedo aportarla como prueba. (Coge las bragas del cuadro.) También se dejó unas... (Interrumpiéndose.) Eh... Bueno... (Fijándose en las cajas.) Unas cajas. ¡Se dejó unas cajas que ya no le servirían... o yo qué sé! Y, bueno, también se dejó la botella y un no sé qué de mi mujer, que creo que sirve para sentarse... y un cuadro horroroso que pintó su padre. (Pausa.) Sí, estoy casado, estoy felizmente casado. No tan felizmente como para no terminar metiendo una prostituta en mi casa, pero sí lo felizmente casado que está todo el mundo... Lo felizmente casado que se puede estar después de treinta años de rutina... Lo asquerosamente feliz que se puede estar casado después de levantarte durante treinta años con la misma persona que te humilla, te destruye y te chupa la sangre lentamente... (Pausa.) No, señorita, Margarita no es una pobre mujer. Margarita es una hija de puta. (Pausa.) Bueno, mi mujer se había ido y me pareció buena idea traerme una puta a casa. (Pausa.) Ya, señorita, ya me he dado cuenta de que, al final, no ha sido buena idea. (Pausa.) Independientemente de que no es asunto suyo, le digo que no, no fue una infidelidad. (Pausa.) Porque Margarita me había dejado el viernes. (Pausa.) No, me dejó por otra cosa. Nada que ver con esta puta en concreto. (Pausa.) Me dejó porque se enteró de lo mío con Irene. (Pausa.) No, Irene no es la puta en cuestión. Es otra puta distinta. (Pausa.) No, en este caso no es profesión, es una apreciación personal. (Pausa.) Mi mujer se fue a casa de sus padres para dejarme espacio para pensar. (Pausa.) No me apetecía pensar, así que me traje a una puta. (Pausa.) Mi mujer es un monstruo, señorita. Conocerla es odiarla. (Harto de dar explicaciones.) Al margen de las buenas cualidades que usted le presupone a Margarita, le digo que quiero denunciar el robo. (Pausa.) Sí, el robo perpetrado por la puta. (Pausa.) Sí, claro, el robo perpetrado por la puta profesional que yo me he traído a casa, mientras mi mujer no estaba, porque se había ido para darme tiempo para pensar en mi anterior infidelidad con la puta amateur... (Pausa.) Entiendo... ¿Y es imprescindible comentar las circunstancias del robo y de la puta profesional con Margarita? (Pausa.) Sí, a nombre de los dos. Ya le he dicho que estamos felizmente casados. Su parte en «felizmente casados» implica que mis cosas estén a nombre de los dos. (Pausa.) No, señorita... Estoy muy aturdido... prefiero pensármelo un poco más. (Pausa, asiente.) Sí, muchas gracias. Si cambio de idea, volveré a llamar. (Cuelga y se sienta en el suelo, deshecho.) ¿Cómo le explico yo a Margarita...? ¿Cómo le digo que...? (Se pone de pie y se encara con una imaginaria Margarita.)

(Con un exagerado enfado.) ¡Margarita, he metido una puta en casa y nos ha robado todo lo que teníamos! ¡No quiero oír ni una puta queja, Margarita! ¡Son cosas que pasan! Cuando metes una puta en casa corres un riesgo y yo soy un hombre adulto, ¡necesito correr riesgos! ¡Soy un hombre al que has castrado lentamente, día a día, Margarita! ¿No te gusta que una puta nos haya robado? ¡Pues no haberme castrado! ¿En qué país estamos si un hombre al que han castrado lentamente no puede llevar a una puta a su casa y dejar que se la desvalije? Ha sido una decisión rápida. Pensé con la polla. Y no me arrepiento. Además, mira, Margarita... (Señala el cuadro.) ¡No se han llevado el puto cuadro del arlequín! ¡No han tenido huevos! ¡Ni los ladrones lo quieren! Cuando tu padre lo pintó, te dije: «Es feo. ¡Muy feo, Margarita!». Me preguntaste: «¿Mi padre o el cuadro?». Y yo te dije: «Los dos, pero me jode más lo del cuadro, porque dudo mucho de que quieras colgar a tu padre en la pared del salón». (Coge el cuadro y parece que va a romperlo, pero no encuentra contra qué golpearlo. Lo apoya en las cajas y se sienta en el taburete. Duda. Saca el móvil del bolsillo de su bata y marca una memoria. Avanza a primer término, con resolución. Espera.)

Margarita, soy yo. Llámame. Es importante. Tenemos que hablar. (Cuelga.) Seco. Muy seco. He estado muy seco. (Marca de nuevo.) Margarita... Un beso. (Cuelga. Mira un par de veces el cuadro y se sienta a su lado.)

¿Cuándo se fue todo a la mierda entre Margarita y yo? ¿Cuándo? Ahora ya llevamos tanto tiempo jodiéndonos, que nos sale sin querer, pero tuvo que haber una primera vez. Un día, cuando acabábamos de casarnos, recuerdo que me dijo que dejaba pelos en el lavabo, pero no ha podido ser por esa tontería. No eran tantos pelos. Y a mí siempre me ha molestado que ella utilizase mis maquinillas de afeitar para sus piernas, pero no la odio por eso. Al menos, no conscientemente. (Pensativo.) ¿Qué error nos ha destruido? ¿Cuál de ellos? Cometimos tantos... Casarnos, tener hijos... Uno de los dos debió dar el primer paso y matar al otro, pero nos pudo la pereza. Teníamos que haber sido más atrevidos. (Pensativo, cruza las piernas.) Recuerdo que, al principio, ¡muy al principio!, nos queríamos. O nos éramos simpáticos, por lo menos. Antes me encantaba pasar tiempo con Margarita. ¡Hablábamos! Los dos juntos. El uno con el otro. ¡Nos contábamos cosas! (Se dirige completamente al arlequín para contarle la historia.) Nuestro tema preferido era la primera impresión. La primera impresión que nos causamos el uno al otro. Debió de ser buena, porque nos casamos... Buena, pero equivocada. A día de hoy, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que me hacía ilusión verla. Ahora, me da pánico estar a solas con ella. Me parece mentira, pero hubo una época en la que no me encerraba en el baño con todos los grifos abiertos para no escuchar cómo me ladraba. (Sonríe.) Antes hubo un tiempo en el que no fingía crisis de pánico y salía corriendo de casa para no cenar a solas con ella. Antes no esperaba a que ella estuviese roncando como una cerda para meterme en la cama a su lado. (Sonriendo al pensar.) Si alguien me hubiese dicho que iba a terminar echándole somníferos en la bebida para que se durmiese antes que yo, no le habría creído. Hubo un momento en el que la quería. Me caía bien. Me gustaba que fuese independiente; ahora sé que es una egoísta... Me gustaban sus silencios; ahora entiendo que no tiene opinión sobre nada... Me gustaba su imaginación; ahora sé que es una mentirosa de mierda... (Pensativo.) Mucha gente pensaba que lo nuestro fue una fusión económica —yo tenía ideas para negocios, y Margarita tenía... unos padres con mucho dinero— y pudo serlo, pero creo que había amor. Si no amor, atracción, por lo menos. Hace demasiado tiempo. No lo recuerdo con claridad, pero nos reíamos mucho. Nos reíamos juntos. De las mismas cosas. Ahora yo me río cuando la veo haciendo yoga, y Margarita se ríe de mí... cuando intento tener sexo con ella. Yo me río mucho; ella, esporádicamente... Recién casados las cosas eran más sencillas. Casi todo se limitaba al sexo. Un sexo obvio y aburrido, pero sexo al fin y al cabo. Después, todo se convirtió en odio. El odio consume mucha más energía que el sexo, y no da ni la mitad de satisfacciones. Odiando no se llega al orgasmo.
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